Cuando nos criaron con una sola forma de contacto y esta es agresiva, sentimos que la agresión es una forma valida de relacionarse y nos convertimos en personas que buscan constantemente la agresión de los demás para así recibir la única forma de atención que conocemos desde la cuna. Las formas amables las descalificamos e ignoramos, simplemente porque no las reconocemos como validas y nos rodeamos de gente que nos maltrata solo para sentir que existimos.
Vivimos y nos desarrollamos en un mundo carente de amorosidad, llenos de lemas del tipo: "la mejor defensa es el ataque"-"No te metas"-"no se amontonen ni se toquen" (esta es la ultima recomendación que hacen los médicos gracias a la "situación" Gripe A). Donde la consigna es "salvese quien pueda" y "pisa a quien tengas que pisar"... donde las lealtades son vistas como una forma de debilidad en vez de un valor que reproducir.
A tanta falta de amor, respondemos acorazandonos contra todos menos los pocos "elegidos" y logramos un delicado equilibrio... hasta que decidimos (consciente o inconscientemente) procrear.
En este punto la mayoría de las mujeres perdemos el equilibrio, porque nuestro BEBE nos pide LO QUE NOS DA (y quizás es la primera vez que lo recibimos en nuestra vida y de ahí el desconcierto) amor incondicional, abrazo, calor, presencia, leche, piel, mirada exclusiva, protección (citando a Laura Gutman) y como respondemos a tamaña exigencia?
Si algunas de nosotras (las menos afortunadas) solo recibimos exigencias disfrazadas de bendiciones como "es por tu bien", "para que sepas como defenderte en el mundo exterior" y otros maltratos sabia y generosamente dosificados para "curtir la personalidad".
Terminamos siendo personas desesperadas buscando miradas, generalmente despreciativas, ya que es la única manera que estamos acostumbradas (y nos suena a hogar) a recibirlas. Y terminamos emparejándonos con personas igual de necesitadas afectivamente.
Con la llegada de EL BEBE algunas sentimos (por momentos o constantemente) que "no damos mas", nos ahogamos, nos desangran, no podemos amamantar porque no podemos sostener la mirada de ese BEBE por un tiempo prolongado (que es lo único que requiere la lactancia prolongada). Esa mirada tan penetrante que es como caer en un agujero negro, el reflejo de nuestra propia sombra (una vez mas Laura Gutman), que es la de nuestra CRÍA cuando están en la TETA o cuando están a punto de dormirse (como asegurándose de que pueden confiar en que estaremos ahí y descansar).
Este punto, este momento de incertidumbre y desconocimiento de una misma ES, (si tenemos suerte y valor) nuestra SALVACIÓN. Si no lo registramos, viviremos peleando con el mundo y con nuestra propia cría deseando al mismo tiempo que crezcan y nos dejen de "devorar" pero luego necesitando parir nuevos hijos para volver a sentir ese amor incondicional (perpetuando el método de crianza occidental de entregar hijos desesperados de afecto-consumidores compulsivos).
Mi deseo profundo es que nos demos cuenta y trabajemos para cambiar esta forma de crianza que quizás es la mayor y mas despiadada de las pandemias.
La parte en la que explico el impacto en la pareja, después de este punto vendrá mas adelante... pero está impecablemente escrito en el libro "Puerperios y otras exploraciones del alma femenina" de Laura Gutman.
miércoles, 12 de agosto de 2009
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